La Virgen de la Peña

Las fiestas de Nuestra Señora de la Peña, que desde los años ochenta del siglo XIX se celebran el tercer sábado de septiembre, suponen una fecha mayor en el calendario majorero. Y la noche de la peregrinación es una noche grande en Vega de Río Palmas. Se forman las parrandas y, en cuanto se juntan un timple, una guitarra, dos bandurrias, un laúd y unos huesos surgen las letras pícaras de las polcas y las más sentimentales de isas y folías. En los ventorrillos hay carne de cabra, papas arrugadas o bocadillos de lomo, y en los puestos piñas de almendras o manises, turrón, garrapiñadas... Mientras, miles de peregrinos van llegando al Santuario de la Peña por diversos caminos a través de las montañas, a pie o a lomos de burro o camello, y hacen fila para entrar en la Iglesia y hacer sus ofrendas a la Virgen, rodeada de flores. Algunos se limitan a echar dinero al cesto y otros además se detienen a orar un ratito. Al lado de la tradición, los más jóvenes celebran el grado de libertad que toda fiesta permite.

La diminuta imagen de la Virgen en alabastro (la Peñita) que se puede contemplar en la iglesia de Vega de Río Palmas tiene su historia. Aportada seguramente al patrimonio insular desde sus inicios por los conquistadores normandos, desde 1626 se documentan rogativas, procesiones, novenarios y misas en su honor. Es a mediados del siglo XVII cuando adquiere la condición de patrona de la isla. Hasta hoy y con carácter local permanecen las tradicionales fiestas que en su honor tenían lugar el 5 de agosto (la Peña Chica) y el 18 de diciembre, aunque eclipsadas por la romería septembrina.